jueves, 27 de junio de 2013

Reviviendo

Cartagena, Junio 28  de 2013

Es la noche previa, un cumulo de emociones, recuerdos y sentimientos se mezclan en mi como los ingredientes de un sancocho interno. Siento ansiedad y tengo miedo, miedo de enfrentar la realidad que ya se.

Tengo miedo de manchar mis recuerdos con la imagen macabra de tus restos, ya fue duro verte vistiendo guayabera blanca, pantalón negro y la gorra que te regalé en tu cumpleaños, tu esposa se oponía a la gorra, quería que abrieran el cajón para que te la quitaran. En mi mente un poco confundida ( un poco embriagada por el hambre, los 40 Marlboros azules y un par de Kool’s que me había fumado desde que me enteré de tu muerte hasta cuando tuve la suficiente fuerza para dejarme arrastrar hasta tu cajón y el par de tragos que me tomé en el aeropuerto tratando de ahogar la pena y la culpa) solo estaba el pensamiento que debías tener la gorra puesta, pues tu piel hipersensible (una de las pocas cosas que te heredé)podría quemarse con el sol o la luz, y me pareció una idiotez que no tuvieras tu cajón contigo. Debo confesarte que ahí quise abrir yo el cajón y meter el bastón, pero me detuve, sabía que si lo hacía, tu esposa aprovecharía para quitarte esa gorra.

Tengo miedo viejo, mucho, yo no quería verte muerto, a pesar que el día que te dije adiós por última vez y para siempre me lo anunciaste, yo como siempre preso de mi irreverencia, solo atiné a reírme y a decirte “siempre con el mismo cuento, nos vemos en 15 días que vuelva” y tú solo respondiste sonriendo y bufando. Cuanto me ha costado no haberte abrazado, no jugar con nuestras barbas o hacernos cosquillas una última vez, lo que más me ha costado es saber que pude quedarme, que pude no abordar ese maldito avión,  que pude olvidar “mis compromisos” que debí pensar que este no era otro susto más. Pero lo hice, me fui y te dejé y espero que sepas cuanto lo lamento, cuan miserable me he sentido al saber que te fallé.

Ahora solo faltan 7 horas y no quiero enfrentarme a tus huesos y a tu calavera, pero debo hacerlo, creo que te lo debo. Como siempre, cada que hablo, pienso o escribo sobre ti desvarío y nunca puedo cerrar lo que escribo. Recibe un silencio lacrimal como punto final.